La bandera independiente
Si hablamos de “cine independiente”, podemos pensar una serie de cosas. Podemos pensar en un grupo de intelectuales adictos al celuloide intentando plasmar delirios herméticos e incomprensibles. O podemos pensar en una sarta de vulgares procurando promocionar sus filmes chiquitos. Por último, también podemos hablar de realizadores que piensan con talento y coherencia, pero que lamentablemente chocan con un mercado cinematográfico costoso, limitado y poco atractivo.
Como amante del cine, cada vez me siento más alejado del concepto de entretenimiento que marcan las grandes cadenas de salas de exhibición. Quiero decir: respeto el pochoclo y hasta incluso la idea de llevarse una pizza a la butaca –lo he visto–, pero que me cobren siete pesos una bolsa mediana de puto popcorn me parece una idiotez que resulta tan cómica como indignante. Ver cine implica ir al cine, implica esa ceremonia de hacer la fila en el hall y elegir butaca, y disfrutar el hecho de asistir a una sala. ¿Qué sucede? Las butacas son chicas, la pantalla es chica, el espacio es reducido, mientras que lo único que es descomunal es el precio de las entradas. ¡Aberrante! Una entrada de cine no vale ni doce ni catorce pesos, ni siquiera diez. Esto tergiversa el acto de ir a ver una película, transformándolo en una parodia de un espectáculo de élite, haciéndolo cada vez más impopular, inaccesible y lo que es peor: estimulando la creencia de que cualquier basura que se proyecte en la pantalla vale la pena, amén del precio ridículo que hemos tenido que abonar.
¿Qué nos queda a los puros cinéfilos de bolsillo chico? Por supuesto, usar la imaginación: bajar películas, copiar dvd’s, crear foros, crear blogs, hurgar en YouTube, introducir furtivamente gaseosas y golosinas antes de cada función, en fin: convertirnos en unos clandestinos de mierda. El mercado mismo nos coloca en esa posición.
Ahora, quisiera tener un gesto de nobleza: me encantaría ir al cine todas las semanas, pagando con gusto una entrada razonable; agradecería que me ofrecieran una bolsa de pochoclo verdaderamente dulce –el verdaderamente no está de más– en la entrada de la sala, y pagaría lo que vale. Pero estamos hartos de que nos tomen por pelotudos.
No sé que es lo que sucede con el mercado cinematográfico. Me gustaría entenderlo. Me gustaría entender cuál es el estándar de selección que plantea la industria, cuando un festival de cine independiente convoca a cincuenta mil personas en una semana y crece invariablemente todos los años. Además de este fenómeno, hay un circuito alternativo que también crece, a pesar de su poca promoción en los medios. ¿Será éste el verdadero mercado, y no nos dimos cuenta?
Sospecho que hay alguien que no está haciendo bien las cosas. El cine independiente es un cine que va por fuera de los sistemas habituales de exhibición y distribución, pero sí este cine se hace cada vez más importante al punto de mostrarse como no sólo la mejor sino la única alternativa, entonces todo funciona al revés. Estrenar una película debería ser más fácil; debería haber más películas argentinas en cartelera, pero esto no es un deseo de buena voluntad ni tiene nada que ver con ningún juicio de valor dirigido a las películas nacionales. ¿Es demasiado estúpido, demasiado iluso lo que estoy diciendo? Digo: estando en Argentina, sería lógico que hubiera más películas argentinas que extranjeras en cartelera. Sí, ya sé, me fui al carajo.













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