lunes 30 de abril de 2007

Continuando

A propósito del post anterior, ayer salieron dos notas en el diario La Nación que dan un panorama sobre el estado actual del mercado cinematográfico nacional.

La telaraña del cine, por Pablo Sirvén
Una pulseada de película, por Claudio Minghetti

Sirvén pregunta, al respecto del choque entre los tanques hollywoodenses y la empobrecida oferta local:

¿Quién tiene la culpa de estas abismales diferencias? ¿Las compañías de Hollywood, que imponen sus productos con presupuestos apabullantes y modales de un ejército de ocupación; el empecinamiento de la mayoría de la producción local en transitar temáticas y estéticas a años luz del gusto popular y sus escasísimos recursos para promocionarlas, o ambas cosas a la vez?
Por mi parte, creo que hay un poco de todo, pero la falta de promoción y popularidad de la industria local es un tema fundamental. Con los subsidios que brinda el INCAA no alcanza. Hace años que está visto que éstos pueden ser un camino eficiente para llegar a realizar una película, pero nunca son efectivos a los fines de favorecer a la industria.

Uno de los peores profesores que tuve cuando estudiaba producción me hizo leer la ley 17.741 de fomento de la actividad cinematográfica (Ley del Cine), lo cual fue bueno, pero jamás la pudo explicar coherentemente ni motivó a nadie para que entendiera cuál es su contenido (si alguien quiere torturarse, bájela e intente leerla desde el rídiculo archivo ejecutable que figura, con el nombre de "Guía del Usuario", en la página oficial del INCAA). Ahí se podrían encontrar algunas claves para entender a este circo, que gracias a la ineptitud de este profesor, jamás pude entender.

miércoles 25 de abril de 2007

La bandera independiente

Si hablamos de “cine independiente”, podemos pensar una serie de cosas. Podemos pensar en un grupo de intelectuales adictos al celuloide intentando plasmar delirios herméticos e incomprensibles. O podemos pensar en una sarta de vulgares procurando promocionar sus filmes chiquitos. Por último, también podemos hablar de realizadores que piensan con talento y coherencia, pero que lamentablemente chocan con un mercado cinematográfico costoso, limitado y poco atractivo.

Como amante del cine, cada vez me siento más alejado del concepto de entretenimiento que marcan las grandes cadenas de salas de exhibición. Quiero decir: respeto el pochoclo y hasta incluso la idea de llevarse una pizza a la butaca –lo he visto–, pero que me cobren siete pesos una bolsa mediana de puto popcorn me parece una idiotez que resulta tan cómica como indignante. Ver cine implica ir al cine, implica esa ceremonia de hacer la fila en el hall y elegir butaca, y disfrutar el hecho de asistir a una sala. ¿Qué sucede? Las butacas son chicas, la pantalla es chica, el espacio es reducido, mientras que lo único que es descomunal es el precio de las entradas. ¡Aberrante! Una entrada de cine no vale ni doce ni catorce pesos, ni siquiera diez. Esto tergiversa el acto de ir a ver una película, transformándolo en una parodia de un espectáculo de élite, haciéndolo cada vez más impopular, inaccesible y lo que es peor: estimulando la creencia de que cualquier basura que se proyecte en la pantalla vale la pena, amén del precio ridículo que hemos tenido que abonar.
¿Qué nos queda a los puros cinéfilos de bolsillo chico? Por supuesto, usar la imaginación: bajar películas, copiar dvd’s, crear foros, crear blogs, hurgar en YouTube, introducir furtivamente gaseosas y golosinas antes de cada función, en fin: convertirnos en unos clandestinos de mierda. El mercado mismo nos coloca en esa posición.
Ahora, quisiera tener un gesto de nobleza: me encantaría ir al cine todas las semanas, pagando con gusto una entrada razonable; agradecería que me ofrecieran una bolsa de pochoclo verdaderamente dulce –el verdaderamente no está de más– en la entrada de la sala, y pagaría lo que vale. Pero estamos hartos de que nos tomen por pelotudos.

No sé que es lo que sucede con el mercado cinematográfico. Me gustaría entenderlo. Me gustaría entender cuál es el estándar de selección que plantea la industria, cuando un festival de cine independiente convoca a cincuenta mil personas en una semana y crece invariablemente todos los años. Además de este fenómeno, hay un circuito alternativo que también crece, a pesar de su poca promoción en los medios. ¿Será éste el verdadero mercado, y no nos dimos cuenta?

Sospecho que hay alguien que no está haciendo bien las cosas. El cine independiente es un cine que va por fuera de los sistemas habituales de exhibición y distribución, pero sí este cine se hace cada vez más importante al punto de mostrarse como no sólo la mejor sino la única alternativa, entonces todo funciona al revés. Estrenar una película debería ser más fácil; debería haber más películas argentinas en cartelera, pero esto no es un deseo de buena voluntad ni tiene nada que ver con ningún juicio de valor dirigido a las películas nacionales. ¿Es demasiado estúpido, demasiado iluso lo que estoy diciendo? Digo: estando en Argentina, sería lógico que hubiera más películas argentinas que extranjeras en cartelera. Sí, ya sé, me fui al carajo.

No quiero caer en una suerte de moda de pegarle al INCAA, pero ¿cuáles son los mecanismos que regulan estas cuestiones? Y en todo caso, si esta situación siguiera tal como ahora ¿Qué maneras existen para crear, no digo ya un circuito de exhibición alternativo, sino un verdadero mercado cinematográfico argentino que ocupe ese lugar que cubre el “cine independiente”?

Demasiados interrogantes para un solo post.

martes 24 de abril de 2007

El Acomodador de Zombis

Segundo post, y ya estamos robando ideas (después de todo, éste el fin último de la internet).

Desde el blog Mira!, me enteré de la existencia de este corto, que considero el indicado para inaugurar una sección que llamaremos cinematógrafo.

El corto en cuestión se llama El Acomodador de Zombis.



Excelente realización de esta gente que ha hecho un corto muy entretenido y original. Destaco la fotografía (Darío Sabina), la dirección de arte (Paloma Sánchez) y los efectos especiales (Vanina Braconi). Las locaciones que han usado también son muy buenas. Otro punto fuerte son las actuaciones, con muy buen manejo del humor y la parodia.
Críticas: un poco extensa la escena de la batalla campal -aunque entiendo que es fácil tentarse con este tipo de producciones-, y diría que hay un par gags que para mi gusto están de más. Pero me encantó, y por supuesto lo recomendamos.

Se me había ocurrido habilitar algún indeseable sistema de calificación -cero originalidad, pretencioso al máximo- con el que sentenciar la calidad de los cortos, pero voy a desistir primero porque no tengo la menor jerarquía para calificar nada, y segundo porque va a ser difícil que decida publicar cosas para calificarlas con puntaciones bajas. No tendría ningún sentido.

Pero como soy un pelotudo y me encantan estas cosas, le pongo ocho estrellas.

Pueden visitar la página oficial del corto.

domingo 22 de abril de 2007

Pecado original

Todo empezó con un hallazgo inesperado. Estaba en una valija que mi abuelo guardaba en el altillo de su casa, donde tenía un laboratorio de fotografía. Muchos años después de su muerte mi abuela había puesto la casa en venta, y ese día yo estaba ahí para llevarme las cosas que me interesaran.
Abrimos la valija, y vimos lo que parecía una vieja cámara de fotos. La levanté, y noté que pesaba demasiado. Cuando empecé a sospechar lo que era ya me estaba emocionando. No era una cámara de fotos, era una cámara de cine. Una filmadora profesional de 16mm conocida como Paillard-Bolex, clásica máquina portátil de fabricación suiza.

En ese momento yo recién acababa de terminar, con muchos problemas, la carrera de Productor de Medios Audiovisuales. Me costó, porque durante tres años la había dejado colgada, con finales pendientes; y cuando quise retomar, la carrera ya no tenía ni los contenidos ni el nombre con la cual yo la había comenzado. Además, ya no había vuelto a tener contacto con mis compañeros ni con nada relativo a ese mundo. Mi tesis fue un asco, un corto hecho en la precariedad más lastimosa, sin el más mínimo equipo de producción, dirección, cámara o lo que fuere; actuado por mi mujer y yo en una realización improvisada, casera y descuidada, sin el menor sentido técnico o estético, y donde en ningún momento hubo más de tres personas involucradas en alguna parte del proceso. Me sentí el Ed Wood de los estudiantes de cine. Pero me ayudó mucho el tener una buena máquina para hacer la edición, y asombrosamente me recibí. Solamente para cumplir conmigo, para sentir que no había estado cursando una carrera al pedo.

Después de esta experiencia, y a pesar de haberme recibido, no tenía muy en claro lo que quería hacer: si seguir trabajando en el negocio de mi familia y hacerme cargo de él, si ponerme a estudiar otra cosa completamente distinta, o si volver a retomar el rumbo de la realización audiovisual. Dilemas.

En este escenario me choqué con el descubrimiento de la Bolex.

Y fue revelador, porque el hecho de entusiasmarme con algo semejante –una vieja cámara que en ese momento no sabía si funcionaba, si podía hacer algo, pero intuía que sí– me confirmó hasta que punto me interesa esta historia del cine. Se me dio por pensar que al fin de cuentas, si me gusta y me apasiona, porque no habría de hacer un nuevo intento. Y decidí apostarle de vuelta a esto - a pesar de mí.

Volví a estudiar. Volví a ver cine, a verlo de la manera en que lo veía antes, con una mirada analítica y minuciosa. Literalmente, volví a ver la luz.

Por eso, este blog es un intento por ponerme a hablar nuevamente de cine, pensarlo, compartirlo, y retomar un deseo que siempre está latente, molestando: el de la expresión audiovisual.

Abrir este blog es morder de nuevo esa fruta, contaminarse de una pasión que, aunque no me lleve a ningún lado, es un placer irresistible de saborear.